Qué bien se siente al llegar a casa, y encontrarse con una mirada que expresa: “te quiero”; ese hogar en donde puedes descansar porque sabes y estás seguro que allí está el amor de verdad.
Qué pena que el poco tiempo, las ocupaciones, y el cansancio, hagan perder el valor de una mirada, que dice: “hoy me entrego a ti, para que seas feliz”.
Cuando Jesús miraba, amaba profundamente. Cuántas lecciones nos dio con su vida. ¿Qué esperamos para imitarlo?
Y pensar que sólo tenemos que mover la cabeza, pues ella -o él- está a nuestro lado…, esperando que le regalemos nuestro amor…, con una mirada.
Saludos,
Mario.
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