A nuestros padres, nunca podremos olvidarlos. Aunque no estén físicamente presentes; aunque estén muy enfermos y no nos reconozcan; aunque no pasen mucho tiempo con nosotros. El padre siempre será papá: fallecido, postrado, o temporalmente ausente.
Y debemos enseñar a nuestros hijos a quererlos, de una manera diferente. Es muy difícil para nuestros hijos celebrar el día del padre, cuando él ya se ha marchado al Cielo. Pero precisamente por esto, es un momento ideal para hablarles de Dios, para acercarlos más a Él, para ofrecer Misas por alguien que ya no está con ellos.
El padre temporalmente ausente, verá en sus hijos esa donación de amor que significó el momento de traerlos al mundo, junto a una esposa que tuvo dolores de parto, pero fue muy feliz al verlos nacer.
Con el padre postrado, o que no puede reconocernos, tendremos también la dicha de complacernos con él: visitándolo, besándolo, arreglándolo, hablándole, aunque nuestra voz no llegue a su mente. Recordaremos de él, aquellos momentos en que nos cargaba, nos bañaba, se esforzaba por darnos comodidades, nos hacía reír, o, cansado de su trabajo, tenía fuerzas para jugar con nosotros.
Es una dicha tener físicamente a nuestro lado a papá, pero lo es también cuando ya no podemos tomar sus manos, porque sabemos que esas manos estarán juntas, en el Cielo, pidiéndole a Dios que a su familia no le falte nada; que su esposa continúe siendo una buena madre, y que sus hijos le brinden al mundo los talentos que poseen, y que deben hacerlos fructificar.
¡¡Feliz día, papás!!
Saludos,
Mario.
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