Cuántas faltas cometemos, y en algunas ocasiones, numerosas veces durante el día. Pero Dios nos perdona, cuando se lo pedimos. Sólo necesitamos arrepentirnos de corazón…, ¡y ya está!
Y nosotros, que vivimos en el mundo, criaturas de carne y hueso, ¿no estamos dispuestos a perdonar?, ¿y a pedir perdón? Sea cual fuere la falta cometida, si hay un arrepentimiento sincero, hay que aceptar esa disculpa, hay que decir: “sí, te perdono”. En determinadas circunstancias será muy fácil perdonar, pues la falta es leve; en otras, nos resultará realmente difícil hacerlo. Pero la gratitud del perdonado -hacia nosotros- será tan grande, que nos llenará el espíritu. Y pedir perdón…, también nos gratificará, al igual que al perdonado.
Siempre será la familia quien se beneficie, pues al arreglarse los problemas en el hogar, todos salen ganando: los cónyuges, los hijos, y todo el entorno familiar. En el trabajo sucede lo mismo: jefes y subalternos, perdonándose mutuamente…, y la institución sigue adelante, reconfortada por la unión que se vive dentro de esa empresa.
Pero debemos esforzarnos, para no volver a caer en esa falta, que ha causado tantas contrariedades. Recordemos que Jesús perdonó a la mujer a la que iban a lapidar. Le dijo: “Tampoco yo te condeno…”, pero la segunda parte de esta frase dice: “…, vete y desde ahora no peques más”. Cometer la falta, arrepentirse, pero con la decisión de no volver a incurrir en el mismo error.
¿Verdad que vale la pena pedir perdón? ¿Y aceptarlo? Propongámonos y llevemos a la práctica estas pequeñas líneas que hemos preparado para usted… ¡La felicidad será la recompensa a su decisión!
Saludos,
Mario

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