A menudo escuchamos decir, al papá o a la mamá: “Lo tratamos igual que a su hermano”… “No hay diferencias entre las dos hermanas:…, tienen que hacer lo mismo, porque son iguales”… Aquí una pequeña reflexión: los hijos, aunque lleven el mismo apellido, se parezcan físicamente, vivan en la misma casa…, son distintos.
El temperamento es genético, es decir, nacemos con un temperamento, y moriremos con ese temperamento. Lo que hacemos, durante la vida, es educarlo. Pero el callado, tiende siempre a serlo, así como el extrovertido, para toda la vida.
Al callado procuraremos integrarlo más, y al otro -o a la otra- habrá que sugerirle que tenga un poco más de prudencia al tratar, hablar, o actuar en la vida.
Cada temperamento tiene sus características, y nos corresponde a nosotros, como padres, darnos cuenta de este aspecto importante, aunque no determinante, en la existencia de una persona. La vida de un individuo está influenciada por el medio en que se desarrolla, las costumbres propias de su región, la urbanidad que se inculca a quienes conforman la familia, las virtudes humanas y cristianas que se llevan en el hogar, si padece de una enfermedad, su conducta… La suma del temperamento -y otros factores que lo rodean- formarán realmente su personalidad.
Es por esto que a los hijos no podemos tratarlos por igual. Es cierto que a todos debemos dedicarles tiempo. Pero a unos habrá que dedicarles más tiempo que a otros. Al uno habrá que sacarle -con paciencia- las palabras, porque le cuesta expresarse. El otro tendrá ciertos gustos y aficiones, de los que su hermano carece.
María no es Ana, y Pedro no es Manuel. Iguales para formarlos…, diferentes para tratarlos.
Saludos,
Mario.

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