Bioética y eutanasia

¿Qué es el sufrimiento, qué es el dolor?

Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros, hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar: «para ti es fácil hablar; deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se te acabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplica razonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, me encontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decir sobre el sentido del sufrimiento.

Con todo, cuando hablamos del sufrimiento, no lo hacemos necesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no hay límites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque al hombre -como dijo Thomas Hobbes–, el hambre futura ya le convierte hoy en un hambriento. Tenemos miedo del sufrimiento, y ya ese mismo miedo es sufrimiento.

Si yo estuviese hablando de un dolor físico, que en este momento no tengo, o que quizá no he tenido nunca, entonces hablaría como un ciego habla del color. Pero el sufrimiento es algo distinto del dolor físico. El temor ante el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor. Y siendo esto así, el miedo ante el sufrimiento es, con frecuencia, “miedo del miedo”. El temor ante la muerte no es en realidad miedo a estar muerto, sino miedo ante la situación en la que «mi corazón se llenará del máximo temor».

Sufrir es un fenómeno complejo. El dolor físico, el malestar, la sensación de desagrado, no son -desde el principio- idénticos al sufrimiento. Hay un grado moderado de dolor físico que, de ningún modo, podemos denominar sufrimiento, pues tiene, en la coherencia total de la vida, un sentido claramente conocido, una función biológica, y lo aceptamos sin objeción. El hambre, por ejemplo, tiene el sentido de mover a un ser vivo a que se preocupe por la comida. Una sensación aguda de hambre no supone ningún sufrimiento para el que sabe que, dentro de cinco minutos, se sentará ante una mesa bien provista. Sin embargo, esa misma hambre es un sufrimiento para otra persona que sabe que, en un tiempo razonable, no va a tener nada que comer. Al hambre se le junta el miedo de un hambre mayor.

A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal como tal, es ya sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro. Si ese dolor se va, se marcha de una manera notablemente perfecta. Los dolores ya desaparecidos gustan en cuanto tales, nada se tiene ya contra ellos; sólo queda la alegría de que han pasado. El mal (moral) pasado, por el contrario, sigue siendo mal, y es objeto de pesar.

Recalcamos: se ha de distinguir entre dolor y sufrimiento. El dolor es una sensación molesta y aflictiva que se da a través del sistema nervioso, en una parte del cuerpo, por causa interna o externa, basado en información sensorial. El sufrimiento, en cambio, depende de la dimensión espiritual de nuestra existencia y es causado por un estado grave de desamparo, inducido por la pérdida de integridad personal o por un peligro que la persona cree que resultará en la pérdida de su integridad.

El sufrimiento puede identificarse con el dolor, cuando su causa es física, y se distingue cuando su causa es psíquica o espiritual. Puede ser iniciado por profundos cambios en el estado físico de la persona, por cambios sociales o por la necesidad de conversión en el campo espiritual. Se sufre como persona, con las características físicas, psicológicas y espirituales que uno posee. En el sufrimiento se halla incorporada una idea del futuro a la que uno tiene que enfrentarse, aunque no se encuentre preparado, como lo mencionó Spaemann en párrafos anteriores.

 El sentido del sufrimiento.

El Papa JUAN PABLO II, en la Introducción de su Carta Apostólica Salvifici Doloris (El valor salvífico del sufrimiento), dice lo siguiente: 1. «SUPLO en mi carne ¾dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento¾ lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia». [Col 1, 24]. 
Estas palabras parecen encontrarse al final del largo camino, por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre, e iluminado por la palabra de Dios. Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo, que va acompañado de alegría; por ello el Apóstol escribe: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros» [Ibid.]. La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo Pablo de Tarso -que escribe estas palabras- es a la vez válido para los demás. El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar ¾como le ayudó a él mismo¾ a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento.

El tema del sufrimiento -precisamente bajo el aspecto de este sentido salvífico- parece estar profundamente inserto en el contexto del Año de la Redención, como Jubileo extraordinario de la Iglesia; también esta circunstancia depone directamente en favor de la atención que debe prestarse a ello precisamente durante este período. Con independencia de este hecho, es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía. En cierto sentido, coexiste con él en el mundo, y por ello hay que volver sobre él constantemente. Aunque san Pablo ha escrito en la carta a los Romanos que «la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto» [Rom 8, 22]; aunque el hombre conoce bien y tiene presentes los sufrimientos del mundo animal, sin embargo, lo que expresamos con la palabra «sufrimiento» parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre. Ello es tan profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera, la profundidad propia del hombre, y de algún modo, la supera. El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido «destinado» a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo.

Si el tema del sufrimiento debe ser afrontado de manera particular en el contexto del Año de la Redención, esto sucede ante todo porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento. Y al mismo tiempo, en el Año de la Redención pensamos de nuevo en la verdad expresada en la Encíclica Redemptor hominis: en Cristo «cada hombre se convierte en camino de la Iglesia» [Cfr. nn. 14, 18, 21, 22]. Se puede decir que el hombre se convierte de modo particular en camino de la Iglesia, cuando en su vida entra el sufrimiento. Esto sucede, como es sabido, en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre.

Dado pues que el hombre, a través de su vida terrena, camina en un modo o en otro por el camino del sufrimiento, la Iglesia debería ¾en todo tiempo, y quizá especialmente en el Año de la Redención¾ encontrarse con el hombre precisamente en este camino. La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular en el camino de su sufrimiento. En tal encuentro el hombre «se convierte en el camino de la Iglesia», y es éste uno de los caminos más importantes.

De aquí deriva también esta reflexión, precisamente en el Año de la Redención: la reflexión sobre el sufrimiento. El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio específico. Este particular respeto, por todo sufrimiento humano, debe ser puesto al principio, desde la más profunda necesidad del corazón, y también desde el profundo imperativo de la fe. En el tema del sufrimiento, estos dos motivos parecen acercarse particularmente y unirse entre sí: la necesidad del corazón nos manda vencer la timidez, y el imperativo de la fe ¾formulado, por ejemplo, en las palabras de san Pablo recordadas al principio¾ brinda el contenido, en nombre y en virtud del cual osamos tocar lo que parece en todo hombre algo tan intangible; porque el hombre, en su sufrimiento, es un misterio intangible.

La persona que sufre: el paciente terminal.

Los médicos necesitamos reflexionar a fondo, hablar mucho entre nosotros, de la persona que sufre, del paciente terminal, y de los cuidados a los que es acreedor. La Medicina paliativa es hoy una magnífica realidad, pero, sobre todo, es una gran esperanza. Lo es para los enfermos terminales. Pero también lo es para la Medicina entera.

No podemos olvidar que, en el campo de la técnica y de la ética de los cuidados paliativos, se librará la batalla más decisiva para el futuro de nuestra profesión. En ella, se fijará el rumbo de la Medicina del futuro: el que la Medicina siga siendo un servicio a todos los hombres, y a cada hombre individual, incluidos los incurables y moribundos; o que la Medicina se convierta en un instrumento de ingeniería socioeconómica, al servicio de los poderosos.

Ese es el relieve singular que tiene el problema que vamos a examinar. Se ha repetido hasta la saciedad, machaconamente, en cada coyuntura de la historia, que el momento presente era el más decisivo que se hubiera vivido jamás. Quizá siempre ha habido un exceso de énfasis en tal afirmación, pero muy pocas veces se ha visto la Medicina -en su larga historia- en una disyuntiva que ponga en juego tan a fondo su identidad. Y la razón es ésta: la eutanasia, para un número creciente de seres humanos, está dejando de ser un problema, porque se está convirtiendo en la gran solución.

Y esa no es una idea de minorías progresistas, para discutir en pequeños grupos ilustrados: empieza a ser, en muchas sociedades dominadas por una mentalidad rudamente utilitarista, el parecer mayoritario. No es cosa sólo de Holanda. Las encuestas de opinión, con todos sus defectos metodológicos y de interpretación, están constatando un crecimiento continuado, persistente, del número de los que creen que el homicidio compasivo o la ayuda médica al suicidio, son la solución más humana y digna que se puede ofrecer a ciertos sujetos. Ese es, además, el credo de la mayoría de los profesionales que trabajan en los medios de opinión.

Ellos han ido difundiendo, por todas partes, una visión progresista, atractiva, de la eutanasia. El tema está abierto en nuestra sociedad. Cada uno de nosotros ha de hacer conciencia, en el seno de la profesión, en el campo abierto de la sociedad, al problema ético de la eutanasia.

En España, se empezó, hace muchos años, a discutir en el Congreso de los Diputados, el articulado del Proyecto de Nuevo Código Penal. La disolución del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones generales, dejó sin efecto lo hecho hasta entonces.

Todos ustedes recordarán que, cuando se hizo público el texto de Proyecto, hubo comentarios y discusiones muy acaloradas en los medios de opinión acerca de algunos nuevos delitos configurados en el nuevo texto legal, tales como la criminalidad ecológica, el narcotráfico, la difamación, y el tráfico de influencias). Pero, y esto es curioso, nadie prácticamente llamó la atención sobre el párrafo 4 del artículo 149 que suponía un alarmante abaratamiento penal del homicidio de los enfermos graves, equivalente de facto a una generosa liberalización de la eutanasia.

El tan mentado Artículo 149.4 del Proyecto legal, crea una figura penal nueva a la que, conviene la designación técnica de "homicidio por enfermedad". Decía así: El que causare o cooperare activamente con actos necesarios a la muerte de otro, por la petición expresa y seria de éste, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que hubiera conducido necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los números 2 y 3 de este artículo. Y en los números 2 y 3 de este artículo se decía: 2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona. 3. Será castigado con una pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegare hasta el punto de ejecutar la muerte.

 ¿Qué es la eutanasia?

Eutanasia significa homicidio por compasión, es decir, el causar la muerte de otro por piedad ante su sufrimiento, o atendiendo a su deseo de morir por las razones que fuere.

Sin embargo, en el debate social acerca de la eutanasia, no siempre se toma esta palabra en el mismo sentido, e incluso a veces se prefiere, según el momento, una u otra acepción, para defender tal o cual posición dialéctica. Esto produce –con frecuencia- la esterilidad del debate, y sobre todo, grave confusión en el común de las gentes.

2) ¿Cuál es la posición de la Iglesia frente a la eutanasia?

La doctrina de la Iglesia, sobre la eutanasia, se la puede resumir en forma de decálogo:

1) Jamás es lícito matar a un paciente, ni siquiera para no verle sufrir, aunque él lo pidiera expresamente. Ni el paciente, ni los médicos, ni el personal sanitario, ni los familiares, tienen la facultad de decidir o provocar la muerte de una persona.

2) No es lícita la acción que por su naturaleza provoca directa o intencionalmente la muerte de la persona.

3) No es lícito omitir una prestación debida (alimentación por sonda y remedios terapéuticos normales) a un paciente, sin la cual va irreversiblemente a la muerte; (lo que sucedió con Terri Schiavo – se pronuncia “esquiavo”-) por ejemplo, los cuidados vitales debidos a todo paciente, aunque sufra un mal incurable o esté en fase terminal o aún en coma irreversible.

4) Es ilícito rehusar a cuidados y tratamientos posibles y disponibles, cuando se sabe que resultan eficaces, aunque sea sólo parcialmente. En concreto, no se ha de omitir el tratamiento a enfermos en coma, si existe alguna posibilidad de recuperación, aunque se puede interrumpir, cuando se haya constatado su total ineficacia. En todo caso, SIEMPRE se han de mantener las medidas de sostenimiento (alimentación por sonda y remedios terapéuticos normales).

5) No existe la obligación de someter al paciente terminal a nuevas operaciones quirúrgicas, cuando no se tiene la fundada esperanza de hacerle más llevadera su vida.

6) Es lícito suministrar narcóticos y analgésicos que alivien el dolor, aunque atenúen la conciencia, y provoquen de modo secundario, un acortamiento de la vida del paciente. Siempre que el fin de la acción sea calmar el dolor, y no provocar subrepticiamente un acortamiento sustancial de la vida; en este caso, la moralidad de la acción depende de la intención con que se haga, y de que exista una debida proporción entre lo que se logra (la disminución del dolor) y el efecto negativo para la salud.

7) Es lícito dejar de aplicar tratamientos desproporcionados, a un paciente de coma irreversible, cuando tiene daño del encéfalo. Pero no lo es, cuando el cerebro del paciente conserva ciertas funciones vitales, si esa omisión provocase la muerte inmediata ¿Qué es daño del encéfalo o muerte encefálica? El encéfalo está integrado por los hemisferios cerebrales, el diencéfalo, el cerebelo con sus dos hemisferios y el vermis, así como el tronco encefálico, compuesto a su vez por el mesocéfalo, la protuberancia y el bulbo raquídeo. Para aceptar la Muerte Encefálica, deben dejar de funcionar todas las estructuras que anatómicamente componen el encéfalo. Si existe al menos función de alguna de ellas ya no estamos ante el diagnóstico de Muerte Encefálica. Cuando se diagnostica Muerte Encefálica, 8 minutos después ya existe muerte celular. De aquí que en muchos países se exija un período de observación después de diagnosticar la muerte encefálica, para estar completamente seguros de la muerte del paciente. En consecuencia, estaremos aceptando que la muerte encefálica –entendida como el cese irreversible de las funciones de todo el encéfalo- es la verdadera muerte, el punto más allá del cual no es posible el retorno. Es evidente que no hay razón científica para hablar de vida, cuando se pierde la actividad funcional del encéfalo como un todo.

8) Las personas minusválidas o con malformaciones, tienen los mismos derechos que las demás personas, concretamente en lo que se refiere a la recepción de tratamientos terapéuticos. En la fase prenatal y posnatal, se les han de proporcionar las mismas curas que a los fetos y niños sin ninguna minusvalía.

9) El Estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia, pues la vida del inocente es un bien que supera el poder de disposición, tanto del individuo como del Estado.

10) La eutanasia es un crimen contra la vida humana y contra la ley divina, del que se hacen corresponsables todos los que intervienen en la decisión y ejecución del acto homicida. 

 Tipos de eutanasia.

Sí, la ciencia actual distingue eutanasia voluntaria e involuntaria, perinatal, agónica, psíquica o social. Existe también la autotanasia o suicidio; eutanasia activa o pasiva; directa o indirecta. Existen muchas más clasificaciones posibles, y una misma acción puede, a su vez, incluirse en varias de las modalidades referidas aquí. Pero todo esto es, en el fondo, secundario, y con frecuencia contribuye a aumentar la confusión sobre la realidad del problema, en lugar de ayudar a esclarecer la cuestión.

Desde el punto de vista de quien la practica, se distingue entre eutanasia activa: por acción de la persona que provoca la muerte del paciente; o, pasiva: por omisión –del médico tratante o de la persona que está al cuidado del enfermo- al no suministrarle medicamento alguno, o los cuidados necesarios para su curación o alivio del dolor.

Más que eutanasia interna y externa, el nombre técnico es directa o indirecta: la primera sería la que busca que sobrevenga la muerte, y la segunda la que busca mitigar el dolor físico, aún a sabiendas de que ese tratamiento acorta definitivamente la vida del paciente.

El suicidio asistido es una eutanasia activa y directa. Ayudar al suicida a que consuma su propósito es sinónimo de eutanasia activa, porque por acción del que asiste se provoca la muerte del paciente. Y es directa, porque su finalidad es buscar que sobrevenga la muerte de un ser humano. Por lo tanto, la Iglesia -que está siempre a favor de la vida- no puede dar nunca su aval a la cultura de la muerte. 

 Derechos del paciente terminal.

Un paciente terminal tiene derecho a una prestación debida (alimentación por sonda y remedios terapéuticos normales) y a que se le provea de analgésicos, para aliviar el dolor.

Y también es legítimo que un enfermo terminal prefiera esperar la muerte sin poner en marcha un dispositivo médico desproporcionado a los insignificantes resultados que de él se puedan seguir; como es legítimo también que tome esa decisión pensando en no imponer a su familia o a la colectividad unos gastos desmesurados o excesivamente gravosos.

Esta actitud, por la ambigüedad del lenguaje, podría confundirse, para los no avisados, con la actitud eutanásica por razones socioeconómicas, pero existe una diferencia absolutamente esencial: la que va de la aceptación de la muerte inevitable a su provocación intencionada.

Uno de los derechos del enfermo es el de no sufrir un dolor físico innecesario durante el proceso de su enfermedad. Pero la experiencia nos muestra que el enfermo, especialmente el enfermo en fase terminal experimenta, además del dolor físico, un sufrimiento psíquico o moral intenso, provocado por la colisión entre la proximidad de la muerte y la esperanza de seguir viviendo, que aún alienta en su interior.

La obligación del médico es suprimir la causa del dolor físico o, al menos aliviar sus efectos; pero el ser humano es una unidad, y al médico y demás personal de enfermería compete, junto a los familiares, también la responsabilidad de dar consuelo moral y psicológico al enfermo que sufre.

Frente al dolor físico, el profesional de la sanidad ofrece la analgesia; frente a la angustia moral, ha de ofrecer consuelo y esperanza. La Bioética impone, pues, los deberes positivos de aliviar el sufrimiento físico y moral del moribundo, de mantener en lo posible la calidad de la vida que declina, de ser guardián del respeto a la dignidad de todo ser humano.

Es lo que desearía para mí o para un familiar muy cercano.

Postura de los católicos ante la eutanasia. 

Además de un grave problema médico, político o social, la eutanasia es un grave problema moral para cualquiera, sea o no creyente. Quienes creemos en un Dios personal que no sólo ha creado al hombre, sino que ama a cada hombre o mujer en particular, y le espera para un destino eterno de felicidad y, en especial, los católicos, tenemos un motivo más que los que pueda tener cualquier otra persona para rechazar la eutanasia, pues los que así pensamos, estamos convencidos de que la eutanasia implica matar a un ser querido por Dios, que vela por su vida y su muerte.

La eutanasia es así un grave pecado que atenta contra el hombre y, por tanto, contra Dios, que ama al hombre y es ofendido por todo lo que ofende al ser humano; razón por la que Dios en su día pronunció el “no matarás” como exigencia para todo el que quiera estar de acuerdo con Él.

Para los católicos, la eutanasia, como cualquier otra forma de homicidio, no sólo es un ataque injustificable contra la dignidad humana, sino también un gravísimo pecado contra un hijo de Dios.

Oponerse a la eutanasia no es postura exclusiva de quienes creen en Dios, pero para éstos es algo natural y no renunciable: para ellos la vida es don gratuito de Dios, y nadie está legitimado para acabar con la vida de un inocente.

El papel del médico frente a la eutanasia. 

La razón de ser de la Medicina es la curación del enfermo en cualquier fase de su dolencia, la mitigación de sus dolores, y la ayuda a sobrellevar el trance supremo de la muerte cuando la curación no es posible.

La eutanasia, por el contrario, no sólo es la renuncia a esa razón de ser, sino que consiste en la deliberada decisión de practicar justamente lo opuesto a la Medicina, ya que es dar muerte a otro, aunque sea en virtud de una presunta compasión. Cualquiera es perfectamente capaz de advertir la diferencia sustancial que existe entre ayudar a un enfermo a morir dignamente, y provocarle la muerte.

La eutanasia no es una técnica, un recurso de la Medicina: la eutanasia expulsa a la Medicina, la sustituye. La eutanasia, además precisamente por ser la negación de la Medicina, se vuelve contra el Médico que la practique.

Si se le atribuyese a los médicos el poder de practicar la eutanasia, éstos no serían ya una referencia amiga y benéfica sino, por el contrario, temida y amenazadora, como sucede ya en algunos hospitales holandeses.

La humanidad ha progresado en humanitarismo, retirando a los gobernantes y los jueces el poder de decretar la muerte (abolición de la pena de muerte). Los partidarios de la eutanasia pretenden dar un paso atrás, otorgando tal poder a los médicos. De conseguir tal propósito, lograrían dos retrocesos por el precio de uno: recrearían una variedad de muerte legal y degradarían, talvez irreversiblemente, el ejercicio de la Medicina.

La misión del médico es curar. Si no puede curar, su misión será mitigar el dolor. Y si no puede mitigar el dolor (que hoy es muy factible, incluso hay una especialidad que trata el dolor), el médico está facultado para consolar.

Un paciente desahuciado tiene derecho a una prestación debida (alimentación por sonda y remedios terapéuticos normales) y a que se le provea de analgésicos, para aliviar el dolor.

Y también es legítimo que un enfermo desahuciado prefiera esperar la muerte sin poner en marcha un dispositivo médico desproporcionado a los insignificantes resultados que de él se puedan seguir; como es legítimo también que tome esa decisión pensando en no imponer a su familia o a la colectividad unos gastos desmesurados o excesivamente gravosos.

Esta actitud, por la ambigüedad del lenguaje, podría confundirse, para los no avisados, con la actitud eutanásica por razones socioeconómicas, pero existe una diferencia absolutamente esencial: la que va de la aceptación de la muerte inevitable a su provocación intencionada.

El estado vegetativo crónico y la vigilia. 

Un estudio realizado por investigadores del Reino Unido, y publicado recientemente por la revista Science, demuestra que el cerebro de los pacientes en estado vegetativo se activa cuando otras personas les hablan, de manera que entienden y escuchan lo que se les dice.

Según informa el diario El Mundo, si bien algunos de los pacientes diagnosticados en este estado conservan unas islas de actividad cerebral que no eran detectadas por los exámenes regulares, lo que no se conocía hasta ahora es que algunas de estas islas pueden preservar casi intacta su capacidad cognitiva para procesar información.

Esto es lo que demuestra la investigación del Dr. Adrian Owen, de la Unidad de Ciencias Cerebrales y Cognitivas del Consejo de Investigación Médica del Reino Unido. "El estado vegetativo es uno de los menos entendidos y de los más complejos éticamente. En esta investigación, hemos descubierto una forma de determinar si un paciente está consciente cuando los exámenes tradicionales no son capaces de hacerlo", dijo Owen al diario español.

El equipo de Owen utilizó aparatos de resonancia magnética funcional, una tecnología conocida desde los 90's para calcular las respuestas neuronales luego de haberle solicitado a una paciente cosas como imaginar que estaba jugando un partido de tenis y visualizar las habitaciones de su casa. Las imágenes cerebrales escaneadas fueron exactamente iguales a las de los voluntarios sanos sometidos a la prueba.

"En el cerebro de la paciente se activó la región que controla nuestra habilidad de generar y seguir un mapa espacial", subrayó el investigador. "Los resultados confirman que la paciente preservó su capacidad de comprender las instrucciones que le dábamos", añadió.

Lo más sorprendente para los científicos, fue la decisión consciente de la paciente de cooperar en la realización de las pruebas. "Sabemos que ella cooperó voluntariamente, porque las reacciones cerebrales automáticas a una palabra, como ocurre cuando estamos durmiendo y alguien nos dice algo, suelen ser muy cortas", destacó Owen. "En este caso, la paciente siguió imaginando hasta que le pidiésemos que parase y descansase", precisó.

Utilizamos la resonancia magnética funcional para demostrar que en los pacientes que cumplen los criterios diagnósticos de Estado Vegetativo se mantiene el estado de vigilia consciente. Cuando se les solicitó que imaginaran que estaban jugando tenis o caminando por la propia casa, se activaron las áreas corticales esperadas de un modo indistinguible del de los voluntarios sanos.

Sufrimiento, cielo, purgatorio. 

Hay que hacer constar que el sufrimiento de estas personas, siempre debe tratar de aliviárselo. La preparación para ir al cielo, o para hacer más corto el tránsito en el purgatorio se la consigue de muchas maneras: cumpliendo los Mandamientos y llevando a cabo los Sacramentos, practicando Obras de Misericordia.

Para quienes tienen fe, el interrogante que sobre el mal se hacen todos los hombres, es más acuciante pues la fe nos hace tener presente a un Dios Todopoderoso que ama a cada hombre.

Pues bien, el conocimiento de que, en la realidad, la providencia amorosa de Dios respecto a cada hombre es compatible con la existencia del dolor y el sufrimiento, nos indica que el dolor –aunque no podamos explicarlo- tiene un sentido.

Cuando a Cristo se le preguntó por alguna de las facetas del dolor, fue parco en palabras: Prácticamente sólo explicó que no se trataba de un castigo divino (cfr curación del ciego de nacimiento, Ioh 9, 2-4).

Pero Jesús hizo algo mejor que pronunciar palabras sobre el dolor: sufrió el dolor total en la Cruz, convirtiendo ese dolor y esa muerte, por la Resurrección, en la Buena Nueva, dándole el máximo sentido: ese dolor atroz hasta la muerte, es el máximo bien de la Humanidad, y dio sentido al hombre, a la historia y al universo.

Quizá nosotros lo más que podamos hacer sea imitar a Cristo: decir pocas palabras sobre el dolor, pero vivir la experiencia de encontrarle sentido, convirtiéndolo, con la esperanza en la resurrección y la vida eterna, en fuente de amor y de superación de uno mismo, para unirnos en espíritu con el sufrimiento de Cristo, que prometió la bienaventuranza a los que sufren: a los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos.

Cristo no teorizó sobre el dolor: amó y consoló a los que sufren y Él mismo sufrió hasta la muerte, y muerte de cruz, La Iglesia no elabora teorías sobre el dolor, pero quiere aportar a la humanidad una vocación de donación preferente hacia los que sufren y también la experiencia del sentido del dolor que Cristo nos dio con su muerte, y que tantos millones de cristianos intentan revivir todos los días desde hace veinte siglos.

Terri Schiavo. 

En una carrera contrarreloj, el Congreso estadounidense y George Bush, cuya firma era necesaria para cursar la nueva ley, salieron en auxilio de Terri Schiavo, enferma que permaneció en estado vegetativo hace quince años y a la que, a instancias de su esposo, la Justicia de Florida permitió retirar la sonda que la alimentaba. Estábamos ante un drama –el último por ahora- sanitario, ético y legal, en torno a una vida que se apagaba lentamente.

Según los doctores que la atendieron y los abogados del esposo, Terri estaría “casi en situación de muerte cerebral”. No entiendo que se pueda estar “casi” muerto o “casi” vivo.

Si certificamos que ha cesado la actividad de todo el cerebro, incluido el tronco encefálico, de un paciente, podemos asegurar que ese paciente ha fallecido ya, y podemos trasplantar sus órganos y donar así vida a otros. Ya explicamos en una anterior pregunta lo que se llama MUERTE ENCEFÁLICA. No era el caso de Terri.

También se ha dicho que estaría en coma vegetativo persistente, que simplemente es un “vegetal”, como otros muchos pacientes en situaciones parecidas a la suya. En estos casos, no funciona ya el cerebro, pero sí el tronco cerebral, por lo que el paciente mantiene las constantes vitales, respira, digiere la alimentación, etc, pero ya no puede volver a pensar, sentir, comunicarse con los demás.

Si fuera así y cumpliera todos los criterios médicos para asegurar este diagnóstico, no se le deberían dar cuidados desproporcionados, no deberíamos sustituir artificialmente las funciones cardiorrespiratorias, pero sí tenemos que proporcionarle los llamados cuidados básicos: alimentación, hidratación e higiene, que van a mantenerle en paz y sosiego fisiológico hasta que se produzca la muerte.

Nunca este tipo de pacientes son “vegetales”. Si hay vida humana ese enfermo mantiene su dignidad personal, y ante un resto aún pequeño de vida nuestra actitud debe ser de profundo respeto ante el misterio de cada ser humano. No deberíamos ni prolongarla artificialmente a toda costa, ni interrumpirla y acelerar su muerte. Pero no fue el caso de Terri.

Es más, como contestamos a una pregunta anterior, un estudio realizado por investigadores del Reino Unido, y publicado recientemente por la revista Science, demuestra que el cerebro de los pacientes en estado vegetativo se activa cuando otras personas les hablan, de manera que entienden y escuchan lo que se les dice.

Ella no necesita de ventilación asistida, respira sola, su corazón late por su cuenta. Pero además, mantiene cierta actividad cerebral: mira a quien le habla, atiende, y sobre todo, sonríe. La vimos en todas las televisiones del mundo.

En algunos casos parecidos al suyo, los pacientes se han “despertado” después de bastantes años, y han recobrado la consciencia y la capacidad de comunicación; en otros muchos casos, no han vuelto atrás y poco a poco han ido perdiendo el resto de relación con el mundo exterior que les quedaba.

Algunos médicos dicen que esos gestos de Terri serían “puros reflejos mecánicos”. Los padres dicen lo contrario, que su hija se comunicaba con ellos. La única certeza que sí tenemos es que el resto de vida que le quedaba a Terri era muy importante para sus padres, aún en su situación extrema, y que, ante la duda, debíamos seguir cuidándola, los médicos y profesionales de la salud, y también los que debían decidir los costes económicos, los que debían tomar las decisiones judiciales, los que debían interpretar las leyes.

Cada enfermo aporta muchísimo valor a nuestras vidas. Acompañarles a ellos en su dolor, velar por su vida, aún inconsciente, nos hace a nosotros mejores, más humanos.

El modo más indigno de morir, el más injusto, fue el que aprobó el juez en los Estados Unidos, morir de hambre y sed.

Hay que valorar el sosiego y la paz, la serenidad con que uno ve o escucha que fallecen muchos pacientes. Necesitan muy poca alimentación, no piden ya casi nada, pero necesitan enormemente la hidratación.

Hubiéramos ganado mucho con la sonrisa de Terri Schiavo.

Si no se hubiera asesinado a Terri Schiavo, con la eutanasia pasiva, y ahora después de conocer el descubrimiento en el año 2006, de que los pacientes en coma profundo escuchan lo que se les dice, estaríamos disfrutando de la compañía de la enferma en coma profundo, que sonreía.

Es de hacer notar que Terri Schiavo tampoco estuvo conectada a ningún aparato. Lo que se le colocaba era una sonda, por donde se la alimentaba, pero esto no es un ventilador de terapia intensiva.

La vida humana debe ser respetada y defendida, desde el momento de la concepción hasta la muerte.

La desconexión de aparatos que mantienen con vida a una persona, y la introducción de medicamentos o fármacos para acabar con la vida del enfermo. 

Ubiquémonos con un caso de la vida real, el de Inmaculada Echevarría. Para unos, era moralmente exigible retirar el respirador. Para otros no, porque equivaldría a realizar una eutanasia. Lo significativo es que todos ellos, eran contrarios a la eutanasia, que nunca está justificada. Tal concordancia es altamente positiva, y quizás no ha sido suficientemente valorada.

Lo que estaba en discusión no es si los sufrimientos de la señora Echevarría son útiles o inútiles, si su vida sigue mereciendo la pena o no... El punto es si estamos o no aplicando un medio de soporte vital proporcionado a la situación de esta paciente. Sobre esto es sobre lo que los diversos especialistas discrepan.

La paciente estaba despierta, consciente, con una traqueotomía, podía conceder entrevistas y expresarse, tenía capacidad jurídica de decisión sobre sí misma... Era una persona viva y en relación activa con su entorno.

Padeciendo, sin duda, una durísima situación de enfermedad, pero viva y dueña de su situación. Pero esa señora, también necesitaba, y con mucha razón, ayuda (psicológica, asistencial, espiritual) para vivir con dignidad. Porque lo que le faltaba es que encima la matasen: el rechazo más absoluto de la sociedad bajo un disfraz de compasión hacia ella.

Entonces, ¿ha estado mal "desconectarla"? Si hubiera más datos se podría juzgar acerca de la proporcionalidad o no de ese tratamiento. Pero no los hay. O mejor dicho, hay un dato que es de por sí demoledor: ella quiere morirse para evitar más sufrimiento inútil. Y le pide a los médicos que le ayuden a morirse. Eso es eutanasia.

Porque eutanasia es una acción o una omisión que, de por sí o por la intención con que se realiza, busca provocar la muerte para eliminar los sufrimientos. Pero ¿seguro que es así de fácil, así de claro?... No.

La cosa que perturba este juicio es que "la ayuda a morirse" requiere quitar un medio de soporte vital del que ella depende desde hace años. Y como es un medio extraordinario (la gente no necesita respiradores para vivir: esa situación médica es siempre algo extraordinario), su estado se puede confundir muy fácilmente con las situaciones en las que se afirma, justamente, que los llamados medios desproporcionados pueden ser suspendidos sin incurrir en una acción éticamente mala.

Retirar el respirador podría ser renunciar a una medida desproporcionada de soporte vital. Insisto, podría, se trata de una hipótesis que debe ser estudiada a fondo y con todos los datos, en la sede adecuada que es la sede terapéutica y por los especialistas competentes. Es la pregunta acerca de si es razonable o no seguir manteniendo esta terapia teniendo en cuenta los beneficios que comporta, las cargas que conlleva.

Pero en este caso, la cuestión se ha planteado prácticamente desde los comienzos, como una petición jurídicamente exigible de que la medicina colabore en poner fin a una vida. Eso es eutanasia. En cambio, la suspensión de terapias desproporcionadas no lo es.

Además, el parecer de los médicos que a lo largo de tantos años han sido responsables de esa paciente, no se tuvo suficientemente en cuenta. ¿Acaso fueron tan inexpertos que no vieron que era un medio desproporcionado?

A menos que el progresivo deterioro clínico de la paciente, les lleve a preguntarse a partir de un determinado momento, si ese medio no estará empezando a ser desproporcionado. Entonces es razonable plantearse si continuarlo o no, y eso es algo bien distinto de la eutanasia.

Juan Carlos García de Vicente. Médico. Doctor en Moral. Profesor de Bioética. Miembro del National Catholic Bioethics Center, EE.UU., refería hace poco: Aconsejé recientemente, a ciencia y conciencia, suspender el respirador a cierto paciente con una compleja patología de base, que llevaba una semana en la UCI con respiración artificial, que no se había recuperado nada en absoluto, de un coma originado por una parada cardiorrespiratoria de varios minutos, al que intubaron en plena calle y llevaron al hospital.

La medida (el respirador) se estaba demostrando ineficaz y desproporcionada. Falleció pocos minutos después de retirarle el respirador, acompañado de sus familiares y tras haber recibido los últimos sacramentos.

En medicina y en ética puede haber, y de hecho hay, situaciones que no son tan fáciles y tan claras como esa. Situaciones que se encuentran en una zona gris, en la que personas competentes juzgan que es mejor seguir un poco más, otras también competentes juzgan que es mejor esperar, y otras que es mejor desistir.

Esto pasa no sólo en medicina, sino en otros problemas de la vida misma, a todos los niveles: profesional, familiar, de relaciones amistosas...Situaciones en las que las personas, queriendo actuar bien, aconsejan una cosa u otra en razón de su diversa experiencia, su sensibilidad para captar las circunstancias de aquellos a los que afectarán sus decisiones, etc.

Situaciones en las que todos desean acertar, y que no se resuelven colocando el cartel de buenos y malos. La discrepancia de pareceres pone de manifiesto precisamente que el tema es complejo, que ninguno quiere actuar mal, y que todos quieren acertar según su leal saber y entender.

Si algo se ha puesto de manifiesto en este debate, es que los mismos que rechazan la eutanasia por tratarse de algo gravemente indigno hacia los pacientes, reconocen como deber médico la limitación del esfuerzo terapéutico, cosa bien distinta de la eutanasia, renunciando a utilizar tratamientos médicos desproporcionados, y que no den esperanzas razonables de beneficio a los pacientes. En esto todos hemos estado de acuerdo.

¿Qué es lo que en realidad busca el paciente que solicita la eutanasia? 

El paciente que solicita la eutanasia, en el fondo está pidiendo a gritos ayuda para que lo acompañen, para que lo consuelen, para que lo atiendan, para no sentirse un estorbo ante sus familiares y ante la sociedad; en definitiva quiere cariño y comprensión.

Desgraciadamente, la cultura de la muerte, que se ha metido en la Medicina -y en ciertos médicos, enfermeras y personal hospitalario- no quieren involucrarse en esto, y han olvidado la tríada médica: CURAR, MITIGAR EL DOLOR y CONSOLAR.

Si estos médicos, enfermeras y personal hospitalario, se preocuparan realmente de velar por el paciente que sufre, recordarían aquel punto de la Declaración Médica, que hacemos todos los profesionales de la Medicina al graduarnos: “…Mantendré el mayor respeto a la vida humana desde su concepción. Ni bajo amenazas usaré mis conocimientos contra las leyes de la vida y de la humanidad. Espontáneamente y por mi propio honor formulo este juramento”

Una persona que recibe cariño y da cariño, es imposible que piense en suicidarse, pues ese amor lo ayuda a sostenerse, a seguir trabajando. Sentirse querido y necesitado es muy importante. Es necesario que exista el cariño entre las personas que uno tiene más cerca, y esto no significa que alguna vez uno esté de mal humor por las molestias o los dolores, pero a la vez hay que esmerarse por poner buena cara, pensando en los demás; por ofrecer los sufrimientos a Dios, algo de lo que la vida de don Luís es un interminable ejemplo. Seguro que hay gente a la que le resulte chocante la dignidad con la que este hombre vive su vida.

Pero don Luís Moyá, sacerdote tetrapléjico (es decir que no puede mover en absoluto sus manos y sus pie llegó a decir, en una ocasión, que se siente como un millonario que ha perdido un billete de mil pesetas: “Yo no podía permitirme entrar en una dinámica negativa, pensando constantemente en lo desgraciado que soy por haber sufrido un accidente de tráfico (manifiesta este sacerdote cuyo cuerpo está enfermo, pero su mente está sana)…

…Sabía que tenía que seguir trabajando y ejerciendo mi labor sacerdotal”, así que se puso manos a la obra, y no dejó pasar el tiempo para, en seguida, “después de la operación, seguir dando clases y trabajando como capellán en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, así como colaborando con otros sacerdotes, en labores pastorales con universitarios”.

Lejos de lo que pueda parecer, don Luís no es un marciano, ni ha perdido un tornillo. Es muy consciente de que “he tenido un accidente que me impide la movilidad", y añade que "es algo que no tiene tanta importancia". Y desvela el secreto para llevarlo adelante, "aunque sea duro afrontarlo todos los días.

Lo importante es saber que soy hijo de Dios, y sé que Dios me quiere y no me dará nunca nada propiamente malo. Si Dios hubiera permitido por maldad el accidente que originó la lesión que sufro, Dios hubiera sido cruel, y eso no es posible en Dios.

Dios es siempre bueno, y todo lo que reciba de Él es para bien mío y de los demás; por eso considero que no he perdido más que un billete de escaso valor, teniendo en cuenta todos los millones que de Él he recibido, y sigo recibiendo.

Quizá es que pensamos poco en lo que somos y valemos siendo humanos: porque Dios nos ha querido personas. Y no está la grandeza de ser humano, la grandeza de ser personas, en el movimiento: ¡cuántos animales nos superan con creces en velocidad y agilidad!, pero ni razonan ni aman, ni tienen un destino eterno en el Cielo".

Desde los años de experiencia, 'al mando' de una silla de ruedas, se le invita a hablar, para los que puedan sufrir o ya hayan sufrido una lesión como la suya.

A ellos los "animaría a que no entren en la dinámica negativa de echar cuentas, una y otra vez, de las desgracias innumerables que padecen como consecuencia del accidente, que no se dejen vencer por la pereza o la dejadez, que no entren en ese círculo vicioso: ¡cuánto he perdido, qué desgraciado soy, nunca más podré ya hacer!...; todo será sufrimiento y dolor por tanto como ha perdido, y así hasta el infinito.

Por el contrario, los animaría a que trabajen, a que busquen actividades, a que se obliguen a un horario, y que no se planteen esas actividades como un modo de 'pasar el tiempo', un mero distraerse. Que piensen en lo que todavía conservan, y en cómo sacarle rendimiento.

Hay demasiadas cosas que hacer como para no hacer nada. Y si no se les ocurre qué hacer, que se pongan en contacto conmigo, que ya les daré trabajo".

También tiene palabras de aliento para los familiares de ese posible accidentado y para los que lo cuiden, a los que "animaría a que valoren 1o que tienen en casa. Realmente es un tesoro.

Los ayudará a trabajar por los demás, a valorar la vida. Dan amor y reciben amor. Se harán más humanos, más comprensivos. Les diría que sientan la responsabilidad de amar, con hechos, a quien tanto lo necesita y parece haber sido puesto con ellos para facilitarles amar. Y que tengan la certeza de que en eso, más que en ninguna otra cosa, estará la grandeza de cada uno de ellos." Algo que, con su ejemplo, entrega y tenacidad, nos enseña, cada día, el bueno de don Luis.

Una persona que no puede vivir sola, ¿debe morir? 

Una persona no puede vivir por tiempo indefinido conectada a aparatos; ya hemos manifestado que los pacientes que tienen Muerte Encefálica, o tenemos la certeza de que no recuperarán jamás su vida, por deterioro progresivo de todos sus órganos, no deben someterse al “encarnizamiento terapéutico” que significa mantenerlos conectados a un respirador.

Pero la primera parte de la pregunta “si una persona no puede vivir por sí sola”, merece un comentario especial.

Ponemos un ejemplo:

“Este paciente no logra mantenerse en pie. Apenas balbucea. Su patrón de conducta es desordenado. No puede alimentarse ni beber por sí solo. Su patrón de sueño es también desordenado, alterando la tranquilidad familiar con gritos. Tiene incontinencia de esfínteres, por lo que permanentemente hay que asearlo (orina y defeca constantemente). Está desorientado en tiempo y espacio. Aunque por momentos parece reconocer a sus parientes, frecuentemente parece no ubicarlos. Así pasan sus días...”.

¿Qué piensa usted que tenga? ¿Talvez un problema cardiológico? ¿Talvez un problema neurológico? ¿Talvez una patología siquiátrica, o demencia senil?

Asómbrese…ES UN BEBÉ DE 3 MESES, que no puede vivir por sí solo.

Y así, podríamos nombrar innumerables casos de personas que por sí solas no pueden vivir, dependen de nosotros ¿Los asesinaríamos? ¿Les “desconectaríamos” la mamadera? ¿Los dejaríamos sin comer? ¿Los dejaríamos en la calle si son los trabajadores de nuestra empresa, que no pueden vivir por sí solos, sino que dependen de nosotros?

Todos estamos “conectados” de alguna manera a algo o a alguien. Nuestros hijos, nuestra cónyuge; estamos conectados a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a nuestra profesión, a nuestras sanas distracciones…a Dios.

Dios no nos “desconectaría”, por muy grave que fuera nuestra falta, o por muy enfermos que estemos ¿Por qué nosotros, que no somos Dios, debemos hacerlo?

¿Qué sucede con doctores o enfermeras que han asistido, con eutanasia activa a enfermos terminales?Es una falta muy grave. El enfermo terminal es precisamente alguien que irremediablemente va a morir ¿Por qué negarle vivir los últimos momentos de su vida? De una vida que no la volverá a vivir más, porque la muerte despoja al hombre de su cuerpo, y sólo vivirá en alma, hasta el día de la resurrección.

A los pacientes terminales hay que acompañarlos a morir dignamente, como se lo hace, por ejemplo, en esa maravillosa Casa del Hombre Doliente, que dirige con gran acierto, Doña Margarita Arosemena Gómez, en Guayaquil, Ecuador.

 Conclusiones

Los Médicos tenemos una misión: servir. Estamos facultados para ello. Y el servicio, en Medicina, se lo puede brindar de 3 maneras: Curando, Mitigando el dolor, o Consolando.


No siempre podremos curar, aunque la tecnología avance. Pero podremos mitigar el dolor. En esto hemos avanzado mucho, a tal punto que existen ahora tratamientos para disminuir o suprimir el dolor físico. Pero si no podemos realizar estas 2 actividades médicas, estamos preparados, como profesionales de la medicina, para consolar, para brindar nuestro respaldo, nuestro apoyo, al paciente derrumbado, disminuido, quien sólo espera la muerte.

La eutanasia pertenece a la cultura de la muerte. Es un paso atrás en la historia de la medicina. Se va contra el Juramento Médico que nos pide respetar la vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural.

No permitamos que un paciente que no está en muerte encefálica fallezca, por inanición, por negligencia Permitamos que un paciente en estado terminal, pueda optar por suprimir tal o cual tratamiento, para evitar un encarnizamiento terapéutico, que busca prolongar la vida innecesariamente.

Saludos,
Mario.

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