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Los peldaños de una escalera, nos llevan al piso inmediatamente superior de una casa. No es mucho lo que podemos ver alrededor, si nos asomamos a la ventana de una habitación situada allí.
Pero si es un edificio, mientras más peldaños subamos, disfrutaremos en la terraza, de una caída de sol; del río por el que avanzan las pequeñas embarcaciones; de los árboles que dan vida a la ciudad, con sus flores multicolores.
Ese albañil que construyó los peldaños de aquel edificio, tuvo que renunciar a muchas cosas para conseguir el objetivo final, Venció al cansancio, que le susurraba al oído: “ya basta”; a la pereza, que le decía: “descansa, descansa, descansa”; al desaliento, cuando pensaba: “no llegaré a terminar la obra”.
Los peldaños se construyeron por una serie de renuncias, pero ayudaron a que su cuerpo y su alma no se rindieran, ante las pocas o muchas dificultades que tuvo que atravesar para terminarlos… ¡Y qué satisfacción al cumplir su cometido!
Las metas que tenemos para nuestros hijos, sólo llegarán a verse, si ellos alcanzan el último piso.
Manos a la obra. Que renuncien a las pequeñas satisfacciones (un día unas, otro día otras). Si usted no lo ha conseguido, no se desanime, haga que trabajen el mismo peldaño; luego será el otro y el otro. Al fin de cuentas, la construcción de este edificio (póngale el nombre de su hijo), durará mientras viva.
Avancemos sin prisa…, pero sin pausa.
Saludos,
Mario.
Saludos,
Mario.
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