Todo está preparado. Ha costado hacerlo. A la mamá le ha significado esfuerzo dejar todo dispuesto para el almuerzo del día de hoy. Más aún, no ha encontrado todos los ingredientes, y ha tenido que pedir que la ayuden buscando, en uno y otro lugar, lo que necesitaba para tener dispuestos los alimentos que servirá, cuando lleguen del colegio.
Fatigados todos: quienes los han buscado y quienes los han cocinado, porque resulta que, quienes los buscan y quienes los cocinan, tienen otras cosas más que hacer en la casa. Pero en fin, todo está dispuesto. Sólo hace falta que lleguen…, y coman.
Pero llegan…, y no comen. Es que…, “no les ha gustado lo que les han preparado”, y sencillamente -así de fácil- mueven la cabeza, ponen cara de asco, y dejan que los platos se enfríen. Y como llegan con hambre, piden una cosa diferente el uno, otra cosa diferente la otra…, y así, hasta el más chiquito.
Y como no se les ha enseñado a comer lo que les sirvan -así no les guste- resulta que piden platos a la carta. Y el problema surge, cuando se lleva la carta, es decir, cuando se les pregunta: “¿y qué quieren comer?”.
Servir platos a la carta -y otras cosas que innecesariamente se les conceden- los van haciendo vulnerables frente a los problemas que la vida les presentará: allí se van originando los caprichos, las indecisiones, no manejar bien las frustraciones, no rechazar las malas influencias, no soportar las exigencias…
¿Platos a la carta?.. Sólo en los restaurantes…
Saludos,
Mario.
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