Convencidos
Del
bien. De lo bueno. De la verdad. Es necesario que nuestros hijos estén
convencidos de que todo lo que hacen tiene una trascendencia, que permite que
los actos de su vida estén regidos por la ley natural humana, que es parte de
la ley eterna de Dios.
Que respetemos al prójimo, desde que
nos convertimos en seres humanos. Desde que dejamos de ser un algo, para
convertirnos en un alguien; desde que dejamos de ser un qué, para convertirnos
en un quién; desde que dejamos de ser subjetivos, para convertirnos en
objetivos; desde que dejamos de ser: vidas humanas en potencia, para
convertirnos en seres humanos con todas las potencias. Es decir, que nuestros
hijos respeten al prójimo, desde las etapas más tempranas de la vida.
Que actúen, como lo hizo Jesucristo.
La Madre Angélica nos dice del cristiano: “Él mira la fortaleza de Jesús y trata de ser fuerte; mira a Jesús amable
con la muchedumbre, y controla su ira; admira la misericordia de Jesús, y
perdona setenta veces siete; siente la compasión de Jesús, y conquista su
propio orgullo; mira a Jesús heroico, audaz y valiente, y se siente seguro;
observa a Jesús respondiendo a sus enemigos con voz serena -con sinceridad, sin
respetos humanos, con perfecto señorío de sí-, y trata de ser como Él. El cristiano
imita el sentido de lealtad del Maestro; su celo, su sencillez, su nobleza y
sus amorosas virtudes, según el máximo de sus capacidades. Y esto se convierte
en un estilo de vida para el cristiano, porque no se queda satisfecho con dar
las gracias, sino que quiere darle perfecta gloria conformándose con Él. Sobre
todo, busca amar a la manera del Maestro -sin tener en cuenta el costo-,
incluso hasta la muerte”.
Inculquemos a nuestros hijos, desde pequeños, el convencimiento de que
actuando como el Señor quiere, conseguiremos contribuir; cambiaremos a nuestra
sociedad, dándonos generosamente a los demás, con la alegría de ser hijos de
Dios.
Saludos,
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