Acompañados
Siempre estamos
acompañados. Dios ha puesto, junto a nosotros, a un ser espiritual: El Ángel de
la Guarda. Los textos bíblicos nos mencionan, decenas de veces, la palabra
ángel.
San Juan Pablo II, en una de sus catequesis acerca de los ángeles, dijo:
“La Iglesia confiesa su fe en los Ángeles Custodios, venerándolos en
la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección
con una oración frecuente”.
Todo ser humano, desde el momento de su concepción o fecundación, tiene un
Ángel de la Guarda. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral
336, expresa: “Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está
rodeada de su custodia y de su intercesión”. Y además, coloca una frase de San
Basilio Magno: “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un Ángel como
protector y pastor para conducir su vida”.
La presencia de los
ángeles, es una verdad de fe. En las Sagradas Escrituras, desde el Antiguo
Testamento, hay algunas menciones que nos hablan de los Ángeles Custodios; por
ejemplo, en el Éxodo (23, 20-21): “Yo voy a enviar un Ángel delante de ti, para
que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado.
Respétalo y escucha su voz”.
Así mismo, en el
Nuevo Testamento, Jesucristo manifiesta (Mt. 18,10): “Cuídense de despreciar a
cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus Ángeles en el
cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial”.
Podemos
invocarlos, a lo largo del día, con esta sencilla oración: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares
ni de noche ni de día; no me dejes solo, que me perdería; hasta que amanezca,
en los brazos de Jesús, José y María. Amén”.
El Señor, dijo: “Pedid, y se os dará”. Pidamos pues, a nuestro Ángel de la
Guarda, que nos cuide; sobre todo, de los graves peligros que amenazan nuestra
alma. Pues así como tenemos un ser espiritual puesto por Dios, hay espíritus
que buscarán que caigamos en faltas muy complejas. Pero hay que pedir:
expresarnos con palabras o pensamientos, para que esté siempre junto a
nosotros, ese gran aliado: El Ángel de la Guarda.
Saludos,
Mario
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