Con sus padres, hermanos y parientes; con el servicio doméstico; con sus compañeros y profesores. El irrespeto se ha gestado por omisión, o por aprendizaje. Los hemos dejado hacer, o les hemos enseñado con nuestra conducta. Tantas veces festejando una insolencia; otras, callando y soportando gritos, tiradas de puerta, y hasta insultos.
Cuando no se ha puesto límites, esto se traslada a cualquier parte donde el irrespetuoso vaya. A una fiesta, a una reunión, a una cancha deportiva…, al colegio. Y qué pena que se lo trate de justificar, cuando ha cometido una falta grave, como si allí no hubiera ocurrido nada.
Y no dejamos que nos ayuden; y estorbamos a ese labrador que anhela aliviarnos la carga removiendo una y otra vez la tierra; que ansía echar abonos, y hasta nueva semilla, al suelo que no produce.
Aún es tiempo. Siembre, cultive y coseche frutos sabrosos, apetecibles, de los que va a disfrutar toda la vida.
Saludos,
Mario.
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