En las buenas y en las malas…, siempre juntos. Han reído, han jugado, se han divertido, han tenido sus diferencias, y en algunas ocasiones…, hasta se han peleado. Pero se hacen las paces…, y de nuevo juntos. Qué grato es llegar a la casa y saber, que verdaderamente allí, han encontrado la paz. El hogar no puede ser un lugar para sufrir, para sentir el acoso de parte de alguien que tiene su misma sangre.
Y aunque son pocas veces las que uno se encuentra con estos problemas -originados en su propia casa- no por esto nos deben dejar de preocupar. No puede ser que un hermano -o varios hermanos- le hagan la vida imposible a otro, que comparte su mismo apellido, y hasta físicamente se parece a ellos.
Estemos atentos, pues entre hermanos, es donde algunas veces se gestan actitudes, que a futuro marcarán la conducta de quien han sido víctima de burlas -y de algunas cosas más- en su propio hogar. Hay que saber diferenciar entre lo que son bromas, y lo que es un acoso sistemático, hacia el más desprotegido de la familia.
Actuemos en seguida. Preguntemos, cuando veamos que alguno de nuestros hijos está callado -o triste- cuál es el motivo de esa actitud. Puede ser que se deba a una situación concreta que ha ocurrido en el colegio, por ejemplo. Pero puede ser que el adversario, esté en su propia casa…, y durmiendo en la misma habitación.
Al hogar se va a descansar, a compartir, a estar feliz. Hermanos…, siempre hermanos.
Saludos,
Mario
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